La provincia donde el vino marca el paisaje, la cocina y hasta el calendario, con Logroño como capital y siete comarcas vitivinícolas.
La Rioja es una excepción geográfica: la provincia más pequeña de la España peninsular, pero con un eje temático que la define como pocas. El viñedo no es paisaje, es estructura. Marca las comarcas (Rioja Alta, Rioja Alavesa que comparte con Álava, Rioja Oriental), organiza los pueblos alrededor de bodegas centenarias y dicta el calendario de vendimia que arranca finales de agosto y se alarga hasta octubre.
Logroño concentra la capitalidad y la calle Laurel, esa hilera apretada de tabernas donde cada local sirve un pincho concreto y nadie pide otra cosa. Pero La Rioja es mucho más que su capital: Haro y su Estación, con bodegas de la última década del XIX todavía en activo; San Vicente de la Sonsierra y su via crucis de picaos en Semana Santa; Calahorra al sur, romana y verdulera. La cocina baja del viñedo y de las huertas del Ebro: pochas, chuletillas al sarmiento, patatas con chorizo, alcachofas, peras de Rincón. Y siempre, siempre, una botella sobre la mesa.