Parte de Guerra: Songkran en Chiang Mai

No quería. De verdad, no quería. Sabía que Chiang Mai iba a ser una jaula de agua y durante un montón de días, sabía que si entraba era para no salir de allí, y quería evitarlo a toda costa.

Y sin embargo…

Me levanté, cogí mis bártulos, saqué la cámara, y atisbé el principio de lo que me esperaba en Pai. Cubitos de agua, alguna pistola, pero mucho respeto por la cámara. “Bueno, si en Chiang Mai es igual, pues muy bien, no?”. Qué dañino es a veces el poder del autoengaño.

Para ir de Pai a Chiang Mai cogí una minivan que hacía justo el camino contrario al de llegar. Es decir: 762 curvas y mucha prisa. Al salir resulta que Steven iba a Chiang Mai también, así que nos vimos en la parada técnica de mitad de camino y también al llegar, cosa que me vino muy bien, porque pude marcarme una de acoplarme a su grupo para compartir el Tuk tuk, así que más barato.

Parte de Guerra

Al irnos acercando a la zona 0 en el tuktuk la cosa ya empezaba a pintar de otra forma. Chiang Mai no tenía nada que ver con Pai: Aquello era una guerra abierta, un todos contra todos en la que no se perdonaba ni al que llevaba la cámara al cuello, ni al que llevaba su mochila al hombro… ni al que iba dentro del tuktuk. Nuestro vehículo fue asaltado en sendas ocasiones y nuestro grupo acabó bastante mojado.

Una vez abandonamos el vehículo de llegada, nos adentramos en la zona hostil con la esperanza de poder llevar nuestros objetos de valor a lugar seguro sin sufrir daños. Agazapados entre los coches, buscamos la manera más segura de pasar entre los nativos, armados hasta las cejas, que por todos los medios intentaban quitarnos la dignidad con cubos, pistolas, y cualquier cosa que pudiera lanzar agua.

Llegamos al hotel sin bajas, mi mochila de 10 euros y 5 años de antigüedad hizo un admirable trabajo a pesar de que se mojó bastante, pero ni la cámara, ni el portátil se mojaron lo más mínimo.

No tenía reserva, pero igualmente pude conseguir cama en una habitación. Era el momento de repartir leña y lo primero que hacía falta era un arma: Una pistola de agua verde del 7-Eleven. Silenciosa, fiable, y mortal, por unos 200 baht -vaya clavo- pero cuando se trata de salvar la vida, no hay que escatimar.

Y una vez armados… Le dimos la vuelta a la tortilla. Allí donde íbamos, empapábamos a diestro y siniestro, sin descanso ni piedad, a cualquiera que se interponía en nuestro camino con la intención de dispararnos. Nosotros también nos llevamos lo nuestro claro está, pero hoy por hoy, con orgullo, lucimos esos disparos de agua como heridas de guerra.

Como en todo terreno hostil, la hidratación es importante, por eso a cada poco parábamos para tomarnos nuestra bebida mineralizada enriquecida, camuflada en latas de cerveza Chang, que despierta la mente y revigoriza el cuerpo.

Y así llegó la noche, y con ella, la calma. Pudimos volver al campamento base, curar y vendar nuestras heridas, y luego salir a por comida.

Fueron tres largos días de batalla en los que luchamos valerosamente, hasta que todo terminó.

Por supuesto, tanta acción y peligro hizo imposible la captura de fotos de aquellos momentos: Ni iba preparado para ello ni me fue posible adecuarme a la situación en el terreno. Igualmente, otros compañeros sí que iban preparados hasta las cejas, así que las fotos llegarán.

Un día de Songkran es suficiente para saborearlo, conocerlo, y disfrutarlo. Dos días, para mí, se hicieron un poco largos. El tercer día, sencillamente, fue demasiado. Y por lo visto en Chiang Mai son 5.

Lo cierto es que es una fiesta súper divertida, en la que todo el mundo habla con todo el mundo, hay buen rollo, música y jarana por todos lados, y muy mal te lo tienes que montar para no disfrutarla aunque sea un poco.

Después del último día, uno del grupo aún conservaba la pistola de agua y pensó que era muy gracioso salir con ella a la calle y seguir disparando a la gente. En realidad quien se mojaba se lo tomaba fatal, y no me extraña. Siempre hay un capullo que no entiende cuando la fiesta ha acabado, y por lo general, es un guiri. En este caso, le llevábamos nosotros.

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