Si Phan Don, las 4000 islas de Laos

Lo tenía muy claro: Mi plan era plantarme al lado del río en una hamaca, coger un libro, y pasar un par de días allí antes de ver qué más hacer en el viaje.

El destino que más me convenía estaba al sur de Laos: Si Phan Don, las 4000 islas, y tras un viaje digno de ser contado en el que hubo un bus inexplicablemente abarrotado, monjes fumadores, y 4 horas sobre una banqueta sin respaldo, llegué a Don Khong, la mayor -y más tranquila- de las islas principales.

Así que allí estaba: El tipo del bus me dijo “Te bajas aquí” y me soltó en medio de un terraplen algo alejado del último reducto de civilización que habíamos pasado, al lado del río y continuó con un “tú vas allí” señalando unas casetas que había al fondo. Si él lo dice, será verdad.

Las casas que había resultaron ser los cuatro guesthouses que, junto con sus respectivos restaurantes y carteles vendiéndote opciones para salir de allí, constituían el grueso de la zona turística de Don Khong. Yo esperaba que hubiera gente, pero no es que sea la gran jarana, sino más bien una zona muy tranquila perfecta para dar paseos, alquilar una bici, y disfrutar del silencio -que tan poco apreciamos, por cierto- y de encontrar entre pocos y ningún turista, o al menos ese fue mi caso. Y la verdad, poco más tengo que contar de la isla grande. Tres días estuve aquí hasta que una foto en facebook me hizo darme cuenta de que en realidad, donde yo quería estar era en Don Det, la isla pequeña. No una foto cualquiera, claro: Una hamaca, en un balcón sobre el río, y el mensaje “la mejor hamaca del mundo”. Eso tenía que verlo.

El tercer día me levanté, fui a la dueña de mi guesthouse y le dije “Quiero ir a Don Det hoy”. Me miró, dijo algo a su hijo que pululaba por ahí, y ambos se rieron. “El longtail sale a las 8 de la mañana”. Eran las 11, y yo pensaba “La historia se repite”. Pero a estas alturas de la película, la indecisión y el “qué voy a hacer” brillaron por su ausencia dejando paso a la calma y al “Pues si no es hoy, mañana”. Viajar te hace crecer.

Don Det, la isla pequeña

Así que nada, a retocar fotos, escribir algunos posts -porque esto ya es anacrónico absolutamente, que nadie se piense que es como al principio, escribiendo un post al día- y a preparar la mochila para el inminente madrugón.

El día que fui a coger el longtail la lluvia estaba esperándome. El chispear del cielo poco a poco se iba haciendo cada vez más presente y ya era casi puntual: Todas las tardes sobre las 7 empezaba un pequeño diluvio, pero era la primera vez que amenazaba con llover desde por la mañana.

Voy a dejar de enrollarme: Me metí al longtail y comenzamos un pequeño trayecto de algo más de media hora para acabar en la playa -diminuta- de llegada a Don Det.

Y tal cual llegué, encontré un alojamiento barato, con balcón dando al río y una hamaca. Tiré mis cosas y fui a desayunar, al lado de éste coleguita que insistía en que debía probar algo de mi desayuno. Y claro, uno no es de piedra.

Este pequeñajo no hace más que ruiditos para comerse mi desayuno

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Así que tras dar un paseo de reconocimiento -y perder un rato viendo a unos locales jugando a la petanca, que vaya tela- me senté en mi hamaca, disfruté del gustazo de estar tirado, observé las vistas, sentí el fresquito en la cara… Y entonces pensé, “Aquí se está en la gloria… Pero no es Koh Tao”.

Había dejado La Isla hacía casi un mes -que había pasado volando- y de repente volvía a mi cabeza. Ahí tuve claro que no volvería a Madrid sin volver a pisarla.

La temporada baja estaba llegando y se notaba: Había poca gente, poco movimiento, y poca fiesta. Y en un paseo nocturno buscando una cervecita y algo de vida social -era viernes, y cómo me iba a quedar sin salir un viernes- acabé encontrándome con Dani, el español que conocí llendo a Thakek. Saludos, abrazos, un “Cómo te ha ido” y un “Prueba estas hamburguesas que son las mejores de la Isla” -Gracias, estaba de muerte-, y corrieron las birras, y las charlas.

Pero no todo son cervezas y paseos y mi cámara ya me susurraba por las noches que estaba cansada de ver la oscuridad de la tapa. Así que cogí una bici para bajar hasta Don Khon -sin “G”- y ver las cataratas Li Phi, las “pequeñas”. No sin antes, perderme un poco.

Pero bueno, al final conseguí llegar para poder preguntarme por qué las llaman las cataratas pequeñas. Debe ser por las risas.

No está mal, la verdad. Por todo el camino hay carteles que te indican cómo ir a “la playa”, así que aunque me había dejado el instrumental de baño en la habitación, me fui a pasar por allí a ver qué encontraba, y la verdad, no estuvo mal.

Pero bueno, como el tiempo ya no es lo que era, al volver a la habitación -con vistas a la puesta de sol- el atardecer ya no es lo que era. Pero como no quería quedarme sin vistas de lo que tenía, algo se pudo sacar.

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