Un minuto bajo las estrellas en Colombia

De todos mis viajes, uno de los momentos más mágicos que viví fue en medio de una selva perdida en el eje cafetero de Colombia.

Estábamos en un hotelito de pocas habitaciones al que sólo se puede llegar en coche por un camino de mala muerte, tras 20 minutos de botes, saltos, y algún coscorrón contra el techo.

Pero el lugar bien lo merecía. En un claro entre plataneros, casi ningún cliente aparte de nosotros, con unas habitaciones sencillas con apenas la cama, una estantería donde dejar las cosas y un enorme cuadro que tapaba una pared blanca. Tras una puerta salías de nuevo directamente afuera, donde una hamaca y un sofá de dos plazas chiquitito estaban ahí, como olvidados. El típico rinconcito íntimo para una charla privada.

Tras cenar y despedirme de mis compañeros, me fui a mi habitación y salí a la hamaca un rato a tumbarme y a pensar en lo que estaba siendo para mí el viaje a Colombia.

Y en ése momento, me fijé. Creo que nunca he visto tantas estrellas.

Al vivir en una ciudad, nunca he prestado demasiada atención al cielo nocturno, hasta que en algún punto en uno de mis primeros viajes, me dí cuenta de que era algo único.

Estaba apartado en medio de ningún sitio, en una oscuridad casi absoluta, con el único ruido de los árboles y el viento y viendo un cielo enorme, oscuro y profundo, forrado de miles de estrellas.

Fue un momento mágico e incomparable, un minuto irrepetible que me marcó en un país donde redescubrí mi amor por las cosas sencillas.

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