Esquiar en Boí Taüll y pintxo-pote por Vielha

Las perspectivas no eran muy prometedoras: Ignacio y yo íbamos a coger por primera vez los esquís y teníamos muy interiorizado que la dieta del día iba a consistir esencialmente de nieve.

Afortunadamente, en Boí Taüll el monitor que iba a enseñarnos los entresijos y secretos más ocultos del esquí. Nuestra cara no fue precisamente de tranquilidad cuando nos dijo que soltáramos los palos y que primero íbamos a probar sin ellos. No sé a ti, pero a mí tener dos puntos de apoyo a la hora de caerme de boca gracias a mi descoordinación, pues me dan tranquilidad.

El caso es que el tío era un auténtico gurú -Jorge, por si os pasáis por allí y sois tan tuercebotas como el que os escribe- y nos enseñó muy bien las claves del mantenerte erecto sobre los esquís. No se puede decir que lo pilláramos a la primera pero mira, estoy aquí para contarlo, ¿no? Tampoco es que no me haya recorrido varios -cientos- de metros de pista sobre mis posaderas, pero el caso es que me divertí bastante y nos hizo un día alucinante en las pistas.

Aquí me veis -heroico y sin retoque- apunto de merendarme unos buenos puñados de nieve. Ojo, nieve de primera.

Esquiar te deja suave como un guante, eso sí. Y más si no lo has hecho nunca. Estoy cansado en músculos que no creía tener, así que cuando Ignacio lo creyó oportuno -aquí hay una historia que no sé si puedo contar, pero envuelve gritos,  una rodilla del revés, y una GoPro grabándolo todo- nos sentamos a observar cómo la gente bajaba embalada mientras nosotros intentábamos sujetarnos la mandíbula en su sitio.

Al llegar la hora de comer, nos fuimos al restaurante Villa María. Pequeñito, y un poco perdido, pero con una cocina muy natural y riquísima. Yo aproveché para calzarme un entrecot histórico que me dejó callado durante un buen rato. Qué rico diosmío…

El cuerpo pedía siesta después del deslome sobre nieve y de la copiosa -gloriosa- comida, y ni con un cubo de café podía mantenerme despierto, así que en el desplazamiento a nuestro siguiente destino, Vielha, aproveché para descansar la vista un poco mientras llegábamos. Eso sí, aprovechando que estoy con El Maestro, nada más llegar saqué el trípode para hacer alguna fotito aprovechando la hora azul, y por la noche dando una vuelta por el pueblo.

Después de disfrutar de mi renovada afición por las exposiciones largas, nos comunicaron que había vino y pintxos a buen precio por ser martes, una invitación que moralmente no puedo rechazar. El concepto es esencialmente igual al del Juevintxo: Pintxo especial y vino o caña -refresco para los que no saben salir- por poquito dinerete. Ya os hablaré más de esta bella costumbre pero de momento os diré que estuvo muy bien.

Y con las mismas, para el hotel Fonfreda, que aquí en Vielha es una joya emblemática y estando en todo el mogollón del tomar algo, a mí me cae muy en gracia.

Y hasta aquí puedo escribir. Recordad que las grandes ingestas de nieve no van bien con una dieta sana y equilibrada.

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