Cerrando círculos: Bangkok, y la vuelta a casa

Estoy en Bangkok, son las 5 de la mañana y tengo un sueño que me caigo.

Supuestamente me han dejado en Khao San Road pero como siempre, “en” significa “en algún punto cerca de”. Pero esta vez es diferente. Esta vez sé qué hacer, y dónde ir.

En apenas una hora, ya tengo un alojamiento donde tirar la mochila, pasar el día, y dormir esta noche antes de ir al aeropuerto. Ya tengo claro dónde comprar un billete hasta la terminal en lugar de rezar porque algún taxi me llevara sin timarme. Por la mañana me acerco a Wat Pho y a Wat Arum, dos básicos de Bangkok que no visité en mi primer paso por la ciudad.

A medio día, voy a comer al pequeño puesto de la señora que por 30 Bahts te pone una sopa de fideos con cerdo riquísima. Pena que está cerrada. Al pasar, el mismo Nepalí que me quiso vender un traje dos meses antes está al lado del mismo restaurante Hindú donde fumaba shisha con su hermano 60 días atrás. Él me mira como si fuera un posible cliente, sin reconocerme -la barba de dos meses seguro que influyó algo-, y yo le miro como el que mira a un viejo conocido.

Todo acaba donde empezó. 24 horas después, vuelvo al aeropuerto a desandar lo andado y otras 24 después, llego a mi casa. Mi madre me ve las pintas de mendigo y casi llora al abrazarme. Mi hermana me ve y tiene que publicarme en Facebook de la sorpresa. Cojo con extrañeza el coche y conduzco hacia mi casa -con su ducha caliente, su papel higiénico, su colchón- y sólo tengo ganas de dos cosas antes de dormir con una sonrisa en la cara: La primera, afeitarme. La segunda, ducharme.

Por la mañana, mientras limpio el ordenador, el móvil, y saco la ropa de la mochila -desandando lo andado- todo estaba exactamente como lo dejé.

Y a la vez todo estaba diferente. Ya tengo todo lo que había ido a buscar.

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